Notas de Atacama

Notas de Atacama

 

Me bajo en una parada olvidada, cerca de unas casas de barro que denuncian la existencia de un pueblo sin memoria. Un letrero borroso indica la entrada a una de las oficinas salitreras, se construyeron hasta 70 iguales a esa y allí vivieron gentes que a base de esfuerzos, de manos agarrotadas y de espaldas calientes, forjaron un norte próspero a comienzos del siglo XX.

 

En mi camino encuentro valles áridos, la mayoría de piedras, otros de arena que cambian de color de acuerdo a la posición del sol, me encuentro con líneas angostas de un ferrocarril construido en su tiempo por los ingleses, estaciones de trenes abandonadas y de varios pueblos fantasmas. Entre ellos, Chacabuco, su teatro, que aún se conserva, fue construido con una capacidad para 1200 espectadores, allí se escuchó “Aída”, “Otello”, “La bohème”, interpretadas por grandes tenores traídos de todas partes del mundo, para que los señores se sintiesen más cerca de casa. Me tropiezo con las butacas del palco, el polvo y la arena hacen lo suyo pero aún se pueden leer los números inscritos en ellas. Chacabuco, que llegó a tener más de siete mil habitantes, fue abandonada a su suerte a comienzos de los años 40.

 

 

 

 

 

Revivió, de cierta manera, treinta años después, cuando los militares chilenos lo transformaron en campo de prisioneros políticos. No puedo evitar visitar la casa de la viga rota, allí donde Oscar una mañana de diciembre decidió dejarnos para siempre. Señalizadores que indican la existencia de minas alrededor del pueblo, y dibujos de los desesperados en la paredes de greda, son los únicos signos que me recuerdan ese tiempo vergonzoso y maldito.

 

Tomo un camino que se pierde en la nada, sino fuese por las pendientes y lomas que entregan un paisaje ondulado, todo se transforma en una eterna monotonía, casi cercano a la locura, a la pérdida del tiempo y el espacio. La noche se deja caer como un bandido al acecho , te deja de un momento a otro acorralado en las sombras que se hacen largas rápidamente hasta que la oscuridad te envuelve para siempre. El desierto es otro, también, como uno mismo, se transforma. Entonces una bóveda azul y bondadosa, se llena de muchas constelaciones estelares, y te hablan de lo pequeño que eres, de lo insignificante de tu persona, de que sigues siendo un ser inevitablemente accidental.

 

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© PATRICIO SALINAS A. | CONTACTO: patricio@apuntesdispersos.com