¿El fin de un ícono visual?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juegos de guerra para muertos de fogueo

Alberto Rojas, El Mundo de España 15/08/2016

 

 

No hay una X que indique el lugar, pero haga caso de los vecinos. Pregunte por la Loma de las Dehesillas. No queda lejos del centro. Aparque junto al cementerio. En el camino que sube hacia un repetidor de televisión verá una plantación de olivos, un cartel oxidado que pone "Coto privado de caza" y un pequeño terraplén de matorrales quemados por el sol.

 

El paisaje inmediato ha cambiado poco desde aquel 5 de septiembre, pero en 1936 los olivos aún no se habían plantado. Es un lugar anónimo, como cualquier rincón de la sierra cordobesa. No continúe hacia arriba por la senda. Robert Capa, que se encontraba con su pareja, la también fotógrafa Gerda Taro, se puso justo donde se pone usted. Se agachó. Hizo una indicación a los milicianos. Fue entonces cuando aquel tipo de la camisa blanca bajó corriendo e hizo como que le disparaban. A 4,5 metros de distancia, inclinando la Leica 12,5 grados sobre el paisaje del fondo. Click. Porque el único que le disparó aquella tarde fue Capa con su cámara y lo único que murió fue la verdad.

 

Cuando se publicó un año después en la revista Life, un texto acompañaba a la imagen en el que se decía: "Robert Capa capta con su cámara el momento en el que un miliciano es abatido con una bala en la cabeza". Hubo que esperar casi 80 años para determinar algo que se sospechaba desde mucho antes: la fotografía de la muerte del miliciano, santo grial del fotoperiodismo, es una teatralización.

 

Como tantas otras imágenes, arrastra una mitología indestructible. No busquen este lugar en Cerro Muriano, donde se vivía aquellos primeros de septiembre del 36 una feroz batalla, el supuesto kilómetro 0 de una historia de leyenda y el punto en el que la versión oficial sitúa la instantánea. Búsquela a 55 kilómetros de allí, en la Loma de las Dehesillas de la localidad de Espejo, donde la guerra llegó 17 días después de haberse tomado la fotografía inmortal. ¿Cómo podemos saberlo? Gracias a las tres cajas de negativos que un general de Pancho Villa guardó durante siete décadas y que Robert Capa abandonó en París cuando huía del avance de los nazis. Ese material, desvelado en 2008 y conocido como "La maleta mexicana", no contiene el negativo original del miliciano, cuyo paradero es desconocido, pero sí otros 29 de aquel día que se unen a los 11 ya conocidos. En total, 40 exposiciones en blanco y negro en las que son reconocibles algunos hitos del paisaje (Sierra de Cabra, Sierra de Montilla, cortijo de Ridobo, cortijo de Casalilla...). Esos lugares están en Espejo y no en Cerro Muriano.

 

Gracias a las investigaciones de robertcapólogos como el profesor José Manuel Susperregui, Carles Querol y Ernest Alós, y al documental La sombra del Iceberg (de Hugo Doménech y Raúl M. Riebenbauer), que ya se planteaba las dudas resueltas hoy, al fin sabemos el resultado: la fotografía de guerra más famosa de la Historia no es de guerra. Ni el falso muerto es aquel Federico Borrell García, el fallecido de la versión oficial.

 

Capa, nacido en Hungría como Endre Friedmann, tenía 22 años y quería comerse el mundo. Cuando él, Gerda y un grupo de reporteros pasaron por Espejo de vuelta de Cerro Muriano, pidieron a un grupo de milicianos aburridos que subieran a la loma que hay donde acaba el pueblo y jugaran a la guerra. Capa y Taro habían fotografiado refugiados y heridos en el frente, pero les faltaba alguna imagen de acción, con tiros, soldados y trincheras. Cuando pasaron por Espejo, dramatizaron la escena.

 

Sólo así se explica la posición de Capa en la imagen, en medio del supuesto fuego de ametralladora que (según la versión oficial) mata uno a uno a los milicianos que bajan corriendo por esa loma. Ningún fotógrafo en su sano juicio se colocaría en esa posición, sino en alguna trinchera que le protegiera de las balas. Años después, en uno de los pocos audios de Capa que se conserva, el reportero explicó "que estaba metido en una trinchera y sólo alargaba el brazo para fotografiar", sin enfocar ni encuadrar, a aquellos milicianos. El problema es que en esa loma, coordenadas 37º 40' 39" Norte y 4º 32' 55" Oeste, de haber una trinchera, apuntaría hacia las líneas republicanas y no franquistas.

 

No conviene juzgar la dramatización de la fotografía sin conocer el contexto: la Guerra Civil española fue el primer gran laboratorio bélico para la propaganda, donde primó la ideología sobre la imparcialidad. La teatralización de escenas estaba a la orden del día, como reconoció el gran fotógrafo Agustí Centelles. Uno de aquellos periodistas que cubrió la guerra española, Louis Fisher, asegura: "Todos los corresponsales que penetraban en la España republicana se transformaban en colaboradores activos de la causa". Algunos, como Claud Cockburn, Hugh Slater y Tom Wintringham incluso rajaron su acreditación de prensa y cogieron el fusil.

 

Capa y Taro sólo eran dos jóvenes idealistas más en aquella marea de activistas que pretendían ganar la guerra contándole al mundo el sufrimiento de España bajo el fascismo. La fotografía del miliciano lo tenía todo: es rotunda, inquietante en su encuadre, disfuncional en su dinamismo, dramática en su contenido. Algún experto dice que no pertenece a Capa sino a Taro, su compañera. Pero la imagen es puro estilo Capa: movida, contrapicada y "ligeramente desenfocada". George Orwell, otro de aquellos idealistas que vino a contar el drama español, escribió: "Pude comprobar cómo se fabricaban todas esas mentiras en algunos periódicos y cómo intelectuales entusiastas fantaseaban sobre hechos que no habían existido".

 

¿Acaba esta verdad con el mito de Capa? En absoluto. El mejor fotoperiodista, veterano de cinco guerras, tomó, además, la mejor foto propagandística de la Historia.

FOTOGRAFIA, IMAGENES, PERIODISMO VISUAL, ACTUALIDAD, IMAGEN VISUAL, FOTOGRAFOS, FOTOGRAFIA LATINOAMERICANA,

 

© PATRICIO SALINAS A. | CONTACTO: patricio@apuntesdispersos.com